Archive for the ‘De flipar’ Category

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Marie-Monique Robin en España

8 marzo 2010

Marie-Monique Robin, la autora de El mundo según Monsanto, estará de visita por tierras catalanas la semana que viene. No sé si tendrá otras citas por el resto de España, pero por lo pronto recomiendo encarecidamente a todo el que pueda que acuda a los actos que hay programados. Si no habéis visto/leído El mundo según Monsanto (está en versión libro, más extenso y detallado, y en versión documental) ya estáis tardando. La información que esta periodista recopila y publica sobre la multinacional, líder del mercado de semillas transgénicas, es espeluznante. Además de eso, me parece fundamental enterarse de cómo se llegaron a introducir estos alimentos en el mercado a mediados de los años noventa en Estados Unidos, porque la historia es, como dirían en mi pueblo, «pa mear y no echar gota».

Resumiendo mucho, el gobierno de Estados Unidos entendía que el exceso de regulación era un fardo para la economía y la industria y promulgó una directiva que decía que los alimentos transgénicos eran «sustancialmente equivalentes» a sus contrapartidas naturales y que, por tanto, no había por qué crear un nuevo marco legislativo ni someterlos a evaluaciones toxicológicas u obligar a las empresas a utilizar un etiquetado distintivo. Así, los organismos encargados de aprobarlos (tanto en Estados Unidos como en Europa) se basan únicamente en los estudios que presentan las propias compañías interesadas en que se cultiven y se comercialicen sus «paquetes tecnológicos». Muchos científicos independientes denuncian que dichos estudios son deficientes en muchos aspectos, pero da igual: las instituciones están claramente del lado de las grandes multinacionales de los transgénicos y ni tan solo se exige que se verifiquen los estudios que presentan.

Además, estamos hablando de semillas sometidas a patentes que prohíben a los agricultores conservar simiente de su propia cosecha para volver a sembrar e intercambiar semillas con otros agricultores. ¿Cómo se come que se consideren «sustancialmente equivalentes» a efectos de reglamentación, pero después se patenten como innovaciones científicas? ¿Cómo se puede sostener la normativa que regula la «coexistencia» entre cultivos transgénicos y no transgénicos, cuando está más que demostrado que, una vez liberados al medio ambiente, es imposible controlar dónde van a parar estos organismos? Sin ir más lejos, en España, que es el productor número uno de Europa, se producen cada año muchos casos de contaminación de campos de maíz con material transgénico. Los agricultores ecológicos, que tienen que someter su cosecha a análisis cada año para renovar su certificación, están sufriendo las consecuencias de esta política que prioriza los intereses de las multinacionales y no tiene en cuenta ni a los consumidores ni a los agricultores. Estos últimos sufren la contaminación y las pérdidas derivadas de ella, sin que haya responsables ni indemnizaciones de ningún tipo. Podéis echar un vistazo a este dossier, editado por Greenpeace en 2008, para haceros una idea de cómo está la situación en este sentido.

Os recuerdo también  —y quizá muchos no lo sabréis— que la ley establece que si la presencia de material transgénico en los alimentos no supera el 0,9% no hay necesidad de que hacerlo constar en la etiqueta. Incluso en productos ecológicos certificados. O sea, a día de hoy, en nuestro país, es IMPOSIBLE decidir no consumir  transgénicos. Además de que están presentes en el 100% de los piensos animales, los dos cultivos más comunes (soja y maíz) se utilizan en el 60% de la producción industrial de alimentos, en forma de harinas, grasas vegetales, lecitina de soja, jarabe de glucosa, almidón de maíz… etc. Como digo, ni siquiera consumiendo únicamente productos ecológicos certificados tendríamos la seguridad de estar evitándolos.

Pues bien, a pesar de que hay diversos estudios que indican que estos alimentos pueden afectar a la salud (en animales de laboratorio se han observado alergias, daños en órganos internos, daños a la fertilidad…); a pesar de que promueven un modelo agrícola que no beneficia a los agricultores sino a las grandes multinacionales; a pesar de que la opinión de los consumidores es mayoritariamente contraria a estos productos; a pesar de que las técnicas que se emplean para crearlos son cuestionadas por muchos científicos por simplistas, burdas y basadas en premisas cuestionables. A pesar de que no tenemos ni idea de cómo puede resultar a largo plazo la liberación de miles de millones de nuevos organismos al medio. A pesar de que NO SON NECESARIOS Y NO RESPONDEN A NINGUNA DEMANDA DE LA SOCIEDAD. A pesar de todo eso, la semana pasada se aprobó el cultivo en Europa de nuevas variedades de patata transgénica, y la CE está tratando de flexibilizar todavía más la reglamentación (!!) para facilitar la imposición de estos cultivos y estos alimentos. A mí me parece que esta situación es absolutamente indignante. Si piensas lo mismo, no te quedes con lo que te cuento aquí, que no es más que la punta del iceberg. Infórmate bien y actúa como creas conveniente. Hay muchas organizaciones que están implicadas en la lucha contra la imposición de estos cultivos y el mes que viene se prepara una semana de acciones descentralizadas que culminarán en una manifestación estatal en Madrid, el día 17 de abril, el día mundial de la lucha campesina. ¿Vamos a dejar que la base de la alimentación se quede en manos de cuatro empresas? ¿Vamos a dejar que se pisoteen así los derechos de los consumidores?

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Va de pollones

18 septiembre 2009

No, no me he vuelto hetero, es que quería contaros la gilipollez del día (de ayer). :D

Ayer teníamos reparto de la cooperativa y estrenábamos proveedor de carne. Hemos encontrado tres proveedores que asociados se hacen llamar Ecotall y producen carne ecológica de pollo, ternera y cordero, respectivamente. El caso es que ayer tenía que llegar el pedido de pollo. Habíamos encargado doce en total, y este proveedor lo llevo yo. Como el local está en el casco antiguo y ayer los accesos estaban cortados porque estamos en fiestas, le dije al pollo (jiji) que mejor nos sirviera los ídem a casa, que ya luego nosotras los llevaríamos al local por la tarde, a la hora de hacer el reparto. Yo me imaginaba doce pollos «normales», y no veía inconveniente en guardarlos en la nevera de casa unas horas. Pues bien, cuando llegaron los pollos… alucinamos. Eran ENORMES. Pesaban entres 3 y 3 kilos y medio cada uno. Algunas personas los habían pedido cortados a cuartos o a octavos, y venían en unas bandejas grandísimas. Y los enteros, ni os cuento. Daban casi miedo. :) El chico nos explicó que siempre los que matan en estas fechas son más grandes porque durante el verano, al haber más horas de luz, comen más. Y que los ecológicos tienen como mínimo cuatro meses de vida, mientras que los del súper los engordan en muchísimo menos tiempo (menos de dos meses). El caso es que, imaginaos el panorama: nosotras con la comida medio preparada, casi sentadas a la mesa, en nuestro apartamentito de 40 metros, cuando aparece el tío de los pollos con dos cajas enormes llenas de pollos gigantescos. ¡Y ahora dónde coño los metemos! Y lo peor: teníamos que llevarlos al casco antiguo, a patita. Como yo me los imaginaba de un tamaño «normal», pensé que podría llevarlos en el carro de la compra. Pero claro, no cabían todos ni de coña. Al final se solucionó todo porque un compañero de la cooperativa vino a recoger el suyo a casa y nos acercó en coche, pero vaya, no creo que olvide fácilmente el momento en que doce pollos gigantes invadieron mi casa. Eso sí, el tío se enrolló y no nos cobró portes. En agradecimiento le regalé un tarro de salsa de tomate casera que hice la semana pasada.

Ya os contaré qué tal cuando los pruebe…

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Homofobia de barrio

11 junio 2008

Esta mañana he vivido un episodio de homofobia rampante en primerísima persona.

Escenario: 9.15 de la mañana, en una cafetería de un barrio de Tarragona.

Personajes: cuatro compañeras que van a clase de baile flamenco. Tres de ellas rondan los 55-60 años, son señoras de clase media, bastante simpáticas y con mucha gracia. La cuarta es una chica lesbiana de 30 años que lleva más o menos un mes en la escuela, o sea, la que escribe.

Las tres mayores están tomando un café antes de entrar a clase. Yo llego y decido sentarme a tomar un café con las compañeras antes de entrar. En un momento de la conversación, hablando de otra persona, una de ellas dice: «Ese es el marido de mi médico». Yo apenas me inmuto, pero una de las otras tres empieza con la típica retahíla de que «qué lástima y qué desperdicio», y entonces comprendo que hablan de una pareja formada por dos hombres. Yo le pregunto tranquilamente que por qué le parece un desperdicio. Las tres hablan interrumpiéndose unas a otras, entre risas, repitiendo sobre todo la frase «es que eso está mu feo». Una dice algo así como que para preguntar al médico por su pareja no sabe qué decir, y la otra le responde con desparpajo que le pregunte «por su mujer». Se ríen a carcajadas y una añade: «Porque ese es el hombre». Todo esto sucede en muy pocos segundos. Después de esta última frase no puedo menos que soltarle, seria y borde: «Los dos son hombres». Me mira como sorprendida por mi reacción y dice: «Bueno, ya lo sé, pero…». Siguen, desordenadamente, diciendo cosas como: «Pues a mí me da mucho asco ver a dos tíos besándose», «Es que eso es asqueroso», «Ahora se ve cada cosa», mientras yo les voy preguntando «¿Por qué os parece asqueroso? ¿Qué es lo que no os gusta?». Parece extrañarles que no me una al coro de insultos y no responden a mis preguntas, pero empiezan a decir cosas como «Es que vosotros los jóvenes lo veis de otra manera, pero yo, será porque estoy casada…». Y dice otra: «Es que antes esas cosas no se hacían», a lo que le respondo muy seria que toda la vida se ha hecho, solo que antes casi todos se escondían y ahora hay unos pocos que no se esconden. Y responde: «Pues una cosa tan fea más valiera que no se hubiera destapado nunca». Le pregunto que si le gustaría que a ella le dijeran «no salgas de tu casa, que lo que haces está feo y a la gente no le gusta». Les pregunto si no les parece peor que la gente no pueda vivir de la manera que prefiere y ser feliz. Una empieza a decir: «Bueno, si yo no lo veo mal…». Y la otra: «Claro, que hagan lo que quieran…». Pero la otra sigue en sus trece y añade: «Pues yo lo veo muy feo. Y dos mujeres, eso es todavía peor». En este momento se hace un pequeño silencio que aprovecho para decir: «Pues yo soy lesbiana y vivo con mi novia y quiero aprovechar este preciso momento para contároslo». Se quedan calladas un momentito, desvían las miradas —se vuelven un par de cabezas en la mesa de al lado— se les pasa de repente la risa y empiezan a repetir las típicas frases, ahora con gesto amedrentado: «Pues si tú estás contenta…», «Pues yo lo veo mejor dos mujeres que dos hombres», «Pues yo conozco a una que también vive con su novia, pero cuando me lo dijo, me dio mucho asco, no lo puedo remediar, no me lo imaginaba». Como las otras dos insisten en que «a ellas les parece bien», como para consolarme después de haberme insultado, respondo bastante seria y un poco borde que a mí me da igual lo que a ellas les parezca, pero que molesta oír hablar así de las personas solo por eso. Al final cambiamos de tema, se les van bajando los colores, se anima otra vez la conversación, acabamos el café y vamos a clase.

Sé que ya no me van mirar igual en el vestuario. Sé que la próxima clase ya lo sabrán todas las compañeras y demás gente de la escuela (cosa que me la trae floja, porque yo no lo escondo). Después he coincidido con una de ellas después de clase, en el autobús y, tal vez para que no se creara un silencio incómodo —que por mi parte no iba a crearse porque yo hablo por los codos— no ha parado de parlotear como una cotorra en todo el camino. Casi no me dejaba meter baza. Me ha contado mil cosas, incluso de gente que yo no conozco de nada, con todo detalle, pero lo más curioso es que no me miraba nunca a la cara. Al final se ha atrevido y me ha mirado un par de veces a los ojos, pero han sido miradas fugaces y medio avergonzadas.

Podría decir que me da lo mismo lo que piense la gente, que son ellas las que tienen que avergonzarse de su comportamiento, que yo no tengo nada que esconder ni de que avergonzarme y que aquí no ha pasado nada. Pero joder, sí ha pasado. No me da lo mismo lo que piense la gente. Me jode, me duele, me irrita, me deprime. Me jode, me duele, me irrita y me deprime ser objeto de chistes, ser motivo de censura, ser algo que se rechaza de entrada. Algo que no se toma en serio, algo que, en el mejor de los casos, «se tolera» o «se ve bien». La situación que os he descrito es humillante. Y eso que yo ya estoy bastante curtida y me encuentro personalmente en uno de los mejores momentos de mi vida. Vamos, que puedo con eso y con más. Pero no todas las personas están tan curtidas y son tan fuertes. ¿Qué habría hecho otra más insegura en mi lugar? Callarse, intentar disimular cómo se te acelera el corazón, cómo te hierve la sangre, cómo te duelen las entrañas. Puede que hasta fingir y ponerse a insultar a los homosexuales para no dar lugar a sospechas.

Para que luego digan que los homosexuales de este país «no nos podemos quejar» y ya «lo tenemos todo». ¡Y UNA PUTA MIEERRRDA!