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Adiós, agosto cruel

1 septiembre 2008

¡Por fin ha llegado septiembre! Y entrando por la puerta grande, con un tormentón de los que a mí me gustan, con sus buenos rayos, truenos y centellas. Se fue la luz en la calle. Estábamos viendo una película y apagamos enseguida el ordenador. La tomatera y el pimiento acabaron rodando por el suelo del balcón. Decidimos que no había nada mejor que hacer que meternos a la cama a escuchar la tormenta abrazadas.

No me gusta nada el verano. Nunca me ha gustado. Y el peor mes, agosto. Le tengo manía. No me gusta ni el nombre, me suena a angosto y langosta. Feo. En cambio, me encantan los meses que acaban en -bre: septiembre, octubre, noviembre, diciembre… ¡dónde va a parar! Esos sí que tienen nombres dignos y bonitos. Cuando trato de identificar el motivo por el que no me gusta el verano me vienen a la cabeza un montón de cosas, como por ejemplo: el calor, el que todo el mundo te pregunte por las vacaciones, el que cambien los horarios de las cosas, el que cierren los sitios a los que te gusta ir… Todo te obliga a cambiar tus hábitos en un momento (al menos para mí) nada oportuno.

Además, en mi balcón pega el sol de lleno desde las ocho de la mañana hasta las dos y, como yo trabajo justo ahí al lado, me paso dos meses sin ver la luz natural hasta después de comer. Cuando me levanto saboreo los últimos minutos del frescor nocturno y después bajo la persiana hasta abajo, sin piedad. Y trabajar con la persiana bajada y luz artificial es muy triste. Y con el calor, que no sé cómo lo hace pero se acaba colando. Y con el ruido demencial de las obras de la plaza de toros, que hay días que me dan ganas de tirarme por el balcón, de verdad. Llevan ya dos años y creo que como tarden mucho más voy a tener que pedir daños y perjuicios al ayuntamiento, porque me estoy volviendo tarumba con tanto ruido. Las obras siempre son jodidas, pero es que yo además prácticamente no salgo de casa en las horas en que los obreros trabajan, y me lo estoy tragando todo, todo.Ah, y no nos olvidemos de los brackets del infierno.

Mira tú por dónde me da a mí por arreglarme la boca, en plena crisis y en pleno mes de agosto. ¿Seré un poco masoca? Bueno, en realidad tenía un problema que había estado ignorando unos añitos y últimamente me empezaba a dar la lata de verdad. Así que decidí decidirme de una vez (valga la redundancia) y lanzarme. Pero era muy ingenua… No imaginaba que podía doler tanto. La primera noche después de ponerme los de arriba a las nueve me tomé dos valerianas y un ibuprofeno y me metí a la cama, en plan: «¡adiós, mundo cruel!», porque me dolía toda la cabeza entera, no solo los dientes. A los pocos días fue remitiendo y cuando me empezaba a confiar, aparecieron las llaguitas que te hacen los putos cuadraditos. Y digo yo, tanta tecnología y tanto avance y, ¿no se le ha ocurrido a ningún lumbreras hacer los brackets redondeados? No me jodas…. Y esto me recuerda a otra cosa que no tiene que ver pero tiene que ver: ayer por la mañana me cagué en los muertos de otro lumbreras: el que puso de moda los balcones de cristales. Aquí, todos los edificios nuevos los hacen así. Es un asco porque las plantas no se pueden expresar hacia fuera, como deberían, cumpliendo su misión en la vida y encima adornando la calle. No. Ahora, todos con los balcones de cristales, muy modernos, muy geométricos y muy limpios. Muy limpios cuando te pegas la paliza que me pegué yo ayer para limpiarlos. Y lo peor, ¿cómo los limpias por fuera? ¡Nunca quedan bien! ¡Nunca! Estoy segura de que los inventó un señorito que no ha limpiado un cristal en su vida. Los odio. Yo quiero unos barrotes de los de toda la vida por donde puedan sobresalir los geranios como Dios manda, joder. Y que se limpian en un pispás con una bayetita.

Pero bueno, volvamos a septiembre, que me voy por las ramas. Ahora en septiembre retomo el yoga y las clases de baile flamenco. Cambio de escuela, he encontrado una más cerca de casa, no tendré que coger el autobús, puedo ir andando. Tengo muchas ganas de retomar estas dos actividades porque llevo más o menos parada dos meses y lo noto un montón en el estado de ánimo. El yoga, en cuanto paso una semana sin ir, ya lo noto. Ahora mismo me duelen las cervicales de una forma que empezaba a dejar de resultarme familiar. Antes de hacer yoga era el pan de cada día, pero después de un año y pico yendo a clase regularmente me había olvidado por completo de este dolorcillo cabrón. Y justo cuando me empezaba a poner cachitas con el baile (jeje), llegó el parón del verano y ahora estaba otra vez cogiendo algún kilito… de los que no tengo que coger. Pero bueno, todos los veranos es igual, siempre engordo, me canso, me harto, me deprimo, me irrito… hasta que llega septiembre y ya, con ese cambio de nombre, empiezo a barruntar la lluvia, el fresquito mediterráneo (que aquí no hace frío, ni falta que hace) y sobre todo, me animo pensando en las cosas que empiezo y retomo. Debe de ser una secuela de mis años de estudiante, todavía cercanos.

P. D.: Dios mío, creía que con este blog me había reformado y vuelvo a las andadas. Otra vez he escrito un artículo larguísimo. ¡El que llegue al final que avise! :)

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3 comentarios

  1. Avisada! :D Envidia por tu tomatera (la mía se la cepillaron dos bichos en cuestión de día y medio), y solidaridá por lo de la piñata :P Sólo duele al principio, luego ni te acuerdas! Ah, te leo por recomendación de Adanes ;)


  2. Gracias, Brocco y encantada de que te pases por aquí. Adanes, sí señor, mi bloghermanito :)


  3. otro que llegó al final, y con una sonrisa
    a mí agosto tampoco me gusta, es un mes como de mentira
    me gusta la luz, el calor, las noches de verano
    pero qué bien que ya está aquí asomando el otoño, mi estación preferida
    ánimo con los brackets!
    tamañana



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