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Ajuste de cuentas

25 mayo 2008

Como hace ya unos tres años que no tenemos televisión, cada vez que voy a casa de mis padres una temporada o nos alojamos en algún hotel nos damos un chute para ver cómo está el patio. Siempre me parece que hay muchos más anuncios que la última vez, muchos más cacharros innecesarios que la última vez, etc. También es cierto que hay cosas que nunca cambian: las niñas monas luciendo cachete, muslo, pechuga y sonrisa falsa en los concursos, por ejemplo. ¿Para qué cojones tiene que salir una modelito de esas a darle la vuelta a las letras de los paneles, si hace años que eso lo hace un ordenador? Parece que tienen miedo a que un programa no funcione si no cuenta con el todopoderoso señuelo de una «tía buena». ¿Cuánto hay de verdad en esto? ¿Quién es más culpable, el productor o el espectador? Este debate daría para mucho, pero esta vez quería hablaros precisamente de un programa que me enganchó. Llegamos al hotel para cambiarnos y salir a cenar, encendimos la tele y acabamos mudas primero por el asombro, bien acomodadas en plan Ignatius al cabo de cinco minutos, y dejamos la cena para más tarde, que no siempre se tiene la oportunidad de asistir a un espectáculo de tal calibre. Me refiero al episodio 8 del programa Ajuste de cuentas. Empezaré diciendo que no tenía ni idea de la existencia de ese programa y acabamos ahí después de zapear un rato. Lo pillamos recién empezado, cuando un señor se lamentaba de que «este año no nos vamos a poder ir de vacaciones, solo a la casa de la playa». La contradicción me enganchó. ¿Sólo a la casa de la playa? Hay personas que no tienen ni siquiera una casa donde vivir, y este señor suelta que «no puede irse de vacaciones» para acto seguido desvelar que tiene una casa en la playa. Interesante.

Al parecer a esa familia, que ingresa unos 6.500 euros al mes, le cuesta llegar a fin de mes. Deberían tomarse un café con la Esperancita, que no hace mucho se quejaba de lo mismo y se quedaba tan ancha.

El programa me parece positivo en general, pero según iba avanzando no podía evitar sacarle faltas. Positivo porque es bueno siempre ver cómo viven otras personas, ser testigo más o menos directo de lo que hacen otros con el dinero que tanto cuesta ganar. Aunque solo sea por eso, os recomiendo ver el programa (podéis verlo en youtube, aquí). Pero me interesa mucho también porque sirve como punto de partida de innumerables reflexiones. En el programa la cosa se queda en la superficie: una familia tiene problemas para llegar a fin de mes, un equipo de expertos examinan su contabilidad familiar y les proponen una serie de medidas para mejorar su situación. Bien, sencillito, sin juicios, sin más. Pero uno no puede evitar que se le pasen por la cabeza un montón de cosas, y lo que me propongo con este artículo es contároslas lo mejor que pueda, no porque piense que le voy a descubrir nada a nadie (creo que está claro como el agua) sino porque sencillamente no me las puedo ni quiero callar.

En primer lugar, tenemos un ejemplo claro y contundente de la desigualdad y de las injusticias con que tenemos que convivir. Una pareja que ingresa más de 6.000 euros al mes y que tiene problemas para llegar a fin de mes (y no creo que sean un caso aislado) es un ejemplo clarísimo de la inconsciencia e irresponsabilidad que caracteriza a muchas personas. Nosotras fuimos sintiendo una indignación creciente a medida que avanzaba el programa. Está claro que el dinero que gana cada uno es cosa suya y nadie tiene porqué dar explicaciones a los demás de en qué lo gasta. Quiero decir sobre todo que no pretendo juzgar ni criticar a esta pareja en particular, sino tomar su ejemplo como punto de partida para reflexionar sobre cosas que nos afectan a todos. Para empezar, no tengo muy claro si son más víctimas o verdugos, este tipo de personas. Yo desde luego no las envidio.

Pero me hubiera gustado mucho que en el programa se hubiera hecho alguna referencia a cosas como las consecuencias generales que tiene el despilfarro en la sociedad. Vamos con el tema de la ecología en su sentido más amplio. Todos vivimos en el mismo mundo (aunque el «departamento» en el que a uno le toca vivir determina muchas cosas). El que una señora gaste 200 euros al mes en cosméticos puede verse, alejándonos un poquito, desde un punto de vista más extenso. Solamente de este ejemplo podría escribir e investigar mucho, pero trataré de ser breve. Los no sé cuántos gramos de porquerías con que una señora se embadurna el cuerpo para «mejorar su imagen» no afectan solo a su piel y a su bolsillo, sino que acaban contaminando el agua, por no hablar del gasto de materias que conllevan todos esos envases que, quiero pensar, la señora depositará en un contenedor azul para que sean reciclados. Lástima que, según he leído por ahí (siento no ser más precisa, no recuerdo dónde lo vi) solo el 15% de lo que se recoge se recicla. De esto, por supuesto, no tiene la culpa la señora.

También podría haberse hablado de la publicidad. Otro tema con el que tendré que esforzarme para ser breve porque podría escribir páginas y páginas sobre ello. Me parece muy bien enseñar a una señora que no es razonable para una persona comprar impulsivamente todo lo que le gusta, sin pararse a pensar en las consecuencias que ello tiene para su economía personal o familiar. Pero no podemos dejar fuera de esta cuestión a la publicidad, que inunda prácticamente todos los espacios públicos y privados hoy en día. La publicidad no me parece mala en sí misma, si se entiende como información: yo vendo esto y tiene estas características, te informo por si lo necesitas. Pero hace muchos años que la publicidad dejó de ser información para convertirse en señuelo. Lo que me cuesta entender es la postura de los consumidores, por un lado, y de los gobiernos, por otro. Creo que la publicidad debería regularse, no me preguntéis cómo porque a tanto no he llegado, pero yo, aunque pueda sonar exagerado, creo que la cosa está llegando a afectar a la salud de las personas. Claro, que también podría enrollarme unas cuantas páginas hablando del concepto de salud y la sanidad, porque me parece que el primero está bastante malentendido en general (estar sano es no tener ninguna «enfermedad» y punto) y la segunda, bastante atrasada y en exceso centrada en lo fisiológico. Pero eso lo dejaré para otro artículo. Vuelvo a tomar el hilo en relación con este programa del que os hablo.

La señora en cuestión tiene un claro problema de adicción a las compras. No hace falta ser psicólogo para darse cuenta. En el programa se le pone a prueba invitándola a pasear por un centro comercial de «grandes marcas», repleto de lo que para ella son tentaciones muy difíciles de resistir. El presentador ayuda a la señora a comprender que no se puede ir así por la vida, pero se queda en la superficie: es malo para la economía familiar. ¿Y ya está? Me pregunto yo. ¿No hay que decir nada sobre el papel que desempeña la publicidad en el problema de salud que aqueja a esta señora? ¿Hay que considerar normal que la televisión, la radio, las revistas, los periódicos… —todo— se haya convertido en poco más que un soporte publicitario? ¿Da igual que nos intenten vender cada año las mismas cosas envueltas en un falso halo de novedad, que nos intenten convencer de que necesitamos lo que no necesitamos? ¿Da igual que las series de televisión se hayan convertido en un escaparate de ropa, alimentos y «estilos de vida»? Quizá no sería tan grave si se enseñara a los jóvenes —y a los no tan jóvenes— a distinguir la publicidad de lo que no lo es, a ser críticos con lo que dicen los medios y a tomar decisiones con conocimiento de causa. Tampoco estaría mal dar unos cuantos pasos más hacia atrás para mostrar a los jóvenes —y a los no tan jóvenes— una visión más completa. Por ejemplo, dónde y en qué condiciones se fabrican los objetos que nos quieren vender como imprescindibles, los efectos que todo ello tiene sobre el medio ambiente y la calidad de vida de las personas (tanto las que producen como las que consumen). Mientras la salud de las personas se deteriora por culpa de las necesidades creadas y la explotación laboral, las cuentas de las grandes empresas rebosan salud y crecen como mi tomatera. Ya he dicho que me parece necesario que se regule la publicidad, aunque no tengo ideas concretas sobre cómo podría hacerse. Pero tengo ideas muy concretas sobre lo que podemos hacer los consumidores, sin necesidad de esperar a que los gobiernos de mierda que tenemos tomen cartas en el asunto: podemos ejercer nuestro derecho a decidir, a decir no, podemos ser críticos, enseñar a nuestros hijos, sobrinos, amigos… —a quien lo necesite— a no dejarse enganchar en esa rueda destructiva. Podemos educarnos, ya que el gobierno no se ocupa de ello. Podemos aprovechar los medios de que muchos disponemos (bibliotecas, Internet) para aprender, investigar y compartir información. Podemos plantearnos, cuando entramos a una tienda a comprar algo, de dónde han salido esos productos, quién los ha confeccionado y en qué condiciones, qué utilidad tienen, qué nos aportan y que nos quitan. Yo creo que no es tan difícil. No se trata de decir «no compro nada más aquí o allá» (aunque es una posibilidad) sino de cambiar el chip y tener en cuenta algo más que la moda y el precio a la hora de comprar.

Otro tema sobre el que se puede reflexionar a partir del caso mostrado en el programa y en el que tampoco se incide es el ejemplo dañino que tiene este tipo de comportamiento en los niños, a los que se acostumbra desde que nacen a tener de todo y de las «mejores» marcas. Mejores no siempre quiere decir que ofrezcan ropa o complementos de mejor calidad, sino que gastan mucho más dinero en publicidad, esa publicidad que llega a minar la vida de muchas personas abrumándolas con una cantidad exorbitante de estímulos de todo tipo, haciéndoles creer que necesitan algo absolutamente prescindible para ser felices o estar al día. Me exaspera que se cuestione por ejemplo la capacidad de una pareja de criar en condiciones a un hijo por el hecho de ser una pareja homosexual y al mismo tiempo se cuestione muy poco lo perjudicial que puede ser cualquier pareja —sea gay o hetero— al dar un ejemplo penoso a sus hijos, al contribuir a que se enganchen a un consumo indiscriminado, inconsciente e irresponsable. Me parece que las líneas divisorias están muy mal trazadas.

Otro punto del programa que me suscitó muchas críticas y rebelión interior fue la parte en la que se cuenta a la pareja participante lo que pueden hacer con el dinero que se ahorrarán al cambiar ligeramente sus hábitos de consumo. Se les sugiere invertir el dinero a interés compuesto y seguir acumulando. O lo que es lo mismo: mantener esa desigualdad e incluso acrecentarla. Convertir ceros en una cuenta en ceros en otra. Ceros que crecen a costa de dejar que el banco los gestione, no sabemos muy bien cómo —como si no importara—. Y yo digo: existen otras posibilidades. Por ejemplo, si uno descubre que puede vivir con menos, ¿para qué andar acumulando? ¿No se puede aprovechar esa buena situación financiera para trabajar menos, dedicarse más a los hijos/amigos/pareja/familia, invertirlo en formación —no hace falta apuntarse a la universidad para formarse y siempre hay algo que aprender—, encargarse personalmente de cocinar o limpiar —actividades que no considero menores ni peores que ir a trabajar cada día a una oficina—, incluso hasta se podría destinar algo de dinero a alguna ONG o causa justa, para que la riqueza material se distribuya un poquitín. Pues no: el que gana mucho dinero, que se organice y acumule más y más en la cuenta del banco. Es de película cómo le brillan los ojos a la señora cuando el presentador les explica como con «solo» 5.000 euros pueden «poner su dinero a trabajar» y en diez años acumular unos cuantos miles más. ¿Es ese un buen consejo que dar a una señora adicta a las compras? ¿Acumular ceros en la cuenta corriente para que al cabo de unos meses se sienta liberada de sus «dificultades económicas» y vuelva a las andadas? Tal vez se podría mencionar que lo material se puede convertir en inmaterial, y que quien tiene la suerte de no pasar apuros económicos puede comprar lo más valioso de esta vida: tiempo. Tiempo para aprender, para disfrutar, para compartir y para crecer. Riqueza de verdad, y no ceros en la cartilla del banco.

En resumen, me hubiera gustado muchísimo que en ese programa se hubiera ahondado, o aunque solo fuera apuntado, a las raíces de un problema tan multifacético y tan extendido, como por ejemplo la insatisfacción, la publicidad y las modas, la pasividad de los gobiernos, la presión social y la desconfianza.

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One comment

  1. Esa Noe, veo que sigues con tus post laaaaargos, me quedado en el principio:

    “Como hace ya unos tres años que no tenemos televisión…”

    Me parece que eso lo puede decir poca gente y creo que debe ser una buena experiencia, yo al menos cuando hay reunión de amigos trato de no ponerla para evitar que las conversaciones giren en torno a lo que dice la tele.

    Si tengo un rato pasare a ver que mas cuentas jeje.

    Un besazo a la vallecana-catalana más enrañable.



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