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Crónica del encuentro de didgeridoo y percusión de Batea

6 mayo 2008

Como ya os conté, el fin de semana pasada nos fuimos a un encuentro de didgeridoo y percusión que se celebraba en Batea (Tarragona). Gloria tenía muchas ganas porque tiene un didgeridoo desde hace algunos años pero nunca había tenido la oportunidad de tocar con gente, porque no conocía a nadie por aquí que tuviera uno. Decidimos apuntarnos al encuentro y el viernes por la tarde marchamos a Batea.

Al llegar nos recibieron Xevi y María José, de La cueva del didgeridoo, organizadores del encuentro además de artesanos fabricantes de didgeridoos. Nada más llegar me di cuenta de que el mundo del didge es más vasto de lo que imaginaba, porque escuchando a Xevi comentar cosas con Gloria sobre su didgeridoo no pillé de la misa la mitad, como se suele decir. Yo había intentado hacer sonar el instrumento en diversas ocasiones pero nunca lo había conseguido. Solo me salían pedorretas.

En el albergue donde nos alojaríamos la mayoría de los asistentes al encuentro ya había varios «palos», como los llamaban algunos. Enseguida llegaron más personas como Alfonso, de Altorricón, que me encantó desde el primer momento, un ser lleno de alegría que a la mínima agarraba la guitarra, el djembé, el bodhran o lo que le cogiera más a mano y se ponía a tocar, a cantar y a bailar. Gloria y él hicieron buenas migas enseguida: antes de haber cruzado diez palabras ya estaban tocando juntos y pasándoselo así de bien:

Como por allí el que más y el que menos soplaba un poquillo, decidí intentarlo, aunque no esperaba nada porque ya os digo que hasta ese momento no había conseguido más que hacer pedorretas y frustrarme. Ese primer día no conseguí «sacar el dron» (el sonido que se supone que tiene que producir), pero no cejé en el intento y, para no frustrarme demasiado, me fui arrimando a los instrumentos de percusión. Me di cuenta de que lo que he ido aprendiendo este tiempo con el cubano me sirvió de mucho aunque tuviera en mis manos un djembé en lugar de unas congas o unos bongos. Solo conozco dos o tres ritmos básicos, pero ya he adquirido cierta sensibilidad, así que probé los distintos toques de las congas en el djembé, que nunca lo había tocado, y lo cierto es que, sin hacer virguerías, por supuesto, la cosa no sonaba mal. Si ya lo dice el cubano, que tengo el ritmo en el cuerpo :)

Algo más tarde llegaron unos chicos del País Vasco con varios didges y una txalaparta. Yo ya conocía la txalaparta pero nunca había tenido ocasión de tocarla. La primera vez me pareció complicadísimo, pero también acabé haciendo mis pinitos. Lo mejor es tocar con alguien que sabe y «ser su eco», hasta que vas interiorizando el ritmo. Lo mismo: sin virguerías, pero conseguí que sonara simple y bonito. ¡No sabéis qué ilusión hace!

A lo largo de la tarde, antes de irnos a la jam session que habían montado en un pub del pueblo, tocamos unos con otros en una especie de anarquía musical. Yo probé todos los instrumentos que pude y al final conseguí sacar el dron. ¡Qué emoción!

Después de conseguir arrancarnos del albergue, donde estuvimos jameando toda la tarde, nos pusimos en marcha para acudir a la jam session oficial, en una especie de romería del didgeridoo por las calles de Batea. La jam estuvo muy pero que muy bien, se hicieron las presentaciones y agradecimientos pertinentes a los implicados y se creó un ambiente muy agradable. Acabamos a eso de las tres (aunque no me hagáis mucho caso con los números que siempre se me han dado fatal y además este fin de semana ha sido un todo y un uno, en muchos sentidos).

A la mañana siguiente había un curso avanzado de didge impartido por Iban Nikolai, al que yo por supuesto no asistí, pero sí Gloria. Los que no fuimos nos quedamos por el albergue y disfrutamos de una clase de yoga al aire libre gentileza de Quique, que nos hizo estirarnos y respirar de lo lindo. Acabamos en un abrazo, totalmente recargados para seguir disfrutando y compartiendo durante el resto del día.

Algunas personas fueron a comprar verduras y naranjas para hacer un arrocito y unas ensaladas para comer. Los asistentes al cursillo avanzado fueron llegando, colocamos las mesas del albergue para comer y mientras se iba haciendo el arroz nos pusimos de nuevo a tocar. La energía fluía por doquier y allí todo el mundo hacía ruido de alguna manera: el que no sabía tocar daba palmas o golpeaba la mesa. El que sabía le daba con ganas, y los principiantes como yo nos adaptábamos, aportando nuestro granito de arena lo mejor que podíamos.

El arroz estaba buenísimo (gracias Alfonso, María José, Los, y todos los que se lo curraron), la ensalada también y el vino de Batea ni te cuento. Rondaba por allí una bota y el gran Alfonso nos hizo aprender una canción muy ilustrativa, que dice así:

Lo vi de Batea, lo vi de Batea, lo vi de Batea, lo vi.

Lo vi de Batea, lo vi de Batea, lo vi de Batea, lo vi.

Lo vi de Batea, lo vi de Batea, lo vi de Batea, lo vi.

Lo vi de Batea, lo vi de Batea, lo vi de Batea, lo vi.

[* lo vi = el vino]

Mientras se canta, el que tiene la bota tiene que beber sin cortar el chorrito. De todos los que estábamos fueron muy pocos los que se atrevieron, pero tengo que decir que los que lo hicieron tuvieron ojillos brillantes y risilla floja para todo el día. Yo he tenido la canción metida en la cabeza hasta ahora mismo y no sé cuándo saldrá de ahí…

Después de unas horas de asueto, nos dirigimos a la plaza del pueblo, donde se iban a celebrar algunos talleres y otra jam para dar a conocer a la gente el didgeridoo y otras cosas. Quique estuvo dando masajes, haciendo reiki y practicando la didgeterapia, que es una técnica de relajación que consiste en tumbarse en el suelo, sobre una manta, meter la cabeza en la boca de un didgeridoo que tiene él enorme, cerrar los ojos y dejarse llevar a otra dimensión por el sonido del propio didge y de unos boles. También vendían algunos instrumentos de percusión (sonajeros, maracas…) hechos por ellos mismos. Yo me compré un sonajero precioso y no lo solté en toda la tarde.

Enfrente, otro chico cuyo nombre no recuerdo hizo una demostración de cómo se construye un didgeridoo de madera (pueden ser de muchos materiales). Primero cortó el tronco longitudinalmente, después lo vació con un cuchillo, y luego volvió a unir las partes con cinta adhesiva.

Eso es lo básico, pero después, aunque allí no se hizo, viene la decoración del instrumento. Esta fase me intriga mucho y me gustaría ver cómo se hace, porque para mí, uno de los atractivos del didge es su aspecto. Los hay preciosos. Sobre todo cuando se ven todos juntos, como un bosque de árboles pintados.

Al mismo tiempo, al lado había otro grupo de personas a las que no había visto en el albergue, que estaban tocando el djembé, el cajón y más cosas. Me arrimé al cajón porque nunca lo había tocado y tenía muchas ganas de probarlo, y un chico muy amable me enseñó un ritmo. Me gusta el cajón, pero prefiero el djembé. Vaya por delante que yo no tengo ni idea, es una apreciación absolutamente subjetiva y de principiante, pero me parece que el djembé es más rico en sonidos, más flexible. Puede tocarse de muchas maneras y creo que es ideal para acompañar el didgeridoo porque puede tocarse suave, reforzando el ritmo con esos sonidos graves del centro y esos otros «tuc tuc» que salen si le das en los bordes con más fuerza, pero sin empañar el sonido sutil del didgeridoo.

A media tarde, Isra nos dio un taller gratuito de iniciación al didgeridoo al que asistimos al menos diez personas. El entorno fue magnífico, porque Batea es un pueblo lleno de encanto, con tiestos en todos los rincones y arcos medievales que llenan de sombra las calles estrechas del centro, donde no se oye más que el canto de los pájaros. Me pareció muy interesante la charla previa en la que nos habló de lo que significa para él el didgeridoo. Yo ya había apreciado que este instrumento digamos que complementa o está relacionado con el yoga, sobre todo con la vertiente de la respiración y la meditación. Para hacer sonar el didge hay que aprender una técnica que se llama respiración continua, porque para poder soplar sin interrumpir el sonido y sin quedarse sin aire se debe inspirar por la nariz sin dejar de soplar por la boca. Los principiantes nos conformamos con sacar el dron, pero los que saben dicen que la respiración circular viene casi sin buscarla, aprendiendo a relajarse e insistiendo mucho. Cuando lo consiga ya os daré la buena nueva.

Después de la introducción, comenzamos haciendo un poco de relajación, cerrando los ojos y respirando, y después con unos ejercicios para destensar los músculos de la cara y el cuello, fundamentales para poder tocar. También es fundamental controlar el diafragma, pero yo ahí no llego todavía. Me pareció totalmente acertado lo que comentó Isra de que la práctica del didgeridoo se puede entender también como una forma de «curarse», teniendo en cuenta que —cuando ya se sabe hacer— es en realidad lo mismo que los ejercicios de respiración y relajación de yoga, que sirven para oxigenar y equilibrar el cuerpo. Tras los ejercicios, nos lanzamos todos a soplar para intentar sacar el dron, mientras Isra se iba acercando a cada uno de nosotros dándonos consejos para mejorar en lo que hiciera falta. Hicimos entonces una ronda para escucharnos los unos a los otros y aprender de las correcciones que nos hizo a todos, y una segunda ronda donde pudimos comprobar que sacar el dron no era para tanto. ¡Todos lo conseguimos! Para terminar la sesion, Isra nos regaló unos momentos de relajación una vez más, tocando para nosotros mientras escuchábamos con los ojos cerrados y completamente relajados. Cuando terminó y abrimos los ojos no pudimos más que sonreírnos unos a otros, querernos y ser felices. Sin más.

De vuelta en la plaza, los vascos montaron la txalaparta y algunos nos animamos a probar. La gente del pueblo miraba todo con curiosidad y respeto. En mi opinión se portaron muy bien porque no protestaron ni pusieron siquiera un mal gesto ante la avalancha de «jipis» que por allí nos hallábamos, haciendo música con todo lo que nos pillara a mano. Me hubiera gustado ver algo más de participación, porque de eso de trata, de aprender, de descubrir y de probar, pero bueno, todo se andará. Seguro que todo saldrá aún mejor en la segunda edición (porque yo ya doy por sentado que esto hay que repetirlo el año que viene, y que el encuentro de Batea tiene que ser anual).

Al poco comenzó la jam en la plaza, tocaron varios didgers muy buenos como Quique, Lu, Xevi, Iban… y muchos percusionistas cuyos nombres no recuerdo. Yo seguía con el ritmo en el cuerpo desde que llegué y me lancé un poquito con el sonajero, intentando también animar a la gente del público a bailar y a participar. Una niña de unos dos años se enganchó a una darbuka, cerca del escenario y pareció divertirse mucho. Otro chavalito de unos 11 años se arrimó a la txalaparta cuando estaba yo probando a ver qué salía (antes de la jam), y conseguí que se lanzara a tocar un poquito conmigo. Me encanta tocar con niños, es algo que he descubierto hace poco (apenas hace medio año que yo toco algo), con los sobrinos de Gloria. Se lo pasan pipa y creo que es una forma estupenda de comunicarse con ellos.

Hacía bastante viento, pero ahí estuvimos tocando, bailando y charlando hasta que oscureció, y después volvimos al albergue, donde la música y el buen rollo siguieron hasta las tantas de la madrugada. Gloria y yo nos fuimos a la cama, no sé a qué hora pero antes que la mayoría, porque estábamos muy cansadas y necesitábamos estar en posición horizontal. A mí me dolían las palmas de las manos de tanto de darle a la percusión, pero por dentro me sentía más feliz que un regaliz. Nos dormimos con la música de fondo y al parecer nos perdimos a una chica que bailó, ¡lástima!

Al día siguiente, ya el último (snif) seguimos rondando por el albergue, unos recogiendo, otros charlando a la sombrita, en la entrada. Llegó un chico con unos didgeridoos artesanos traídos de Australia y al cabo de un rato fuimos a un descampado porque vinieron también unos lanzadores de boomerang. Yo no probé los boomerangs, no sé porqué no me atrayeron, pero mientras unos cuantos se divertían lanzándolos y corriendo tras ellos, me dediqué a practicar un poquito lo que había aprendido el día anterior en el taller de iniciación de didgeridoo.

Después volvimos, los que quedábamos comimos unos bocatas en el albergue acompañados de lo vi de Batea y seguimos charlando e intercambiando direcciones. Poco a poco la gente se fue yendo, pero quedamos Gloria, otras dos personas y yo, que fuimos con Xevi y María José a La cueva, porque yo había decidido comprarme un didgeridoo. La verdad es que el instrumento me ha enganchado y estoy deseando aprender a hacer la respiración circular para poder experimentar con los sonidos, que pueden ser bastante variados por lo que observé durante el encuentro al oír tocar a muchas personas.

Y así, con el didgeridoo al hombro, el ritmo en el cuerpo y un montón de nuevos amigos en el corazón, dejamos la soleada Batea e hicimos camino hacia Tarragona sin dejar de bailar y dar palmas al ritmo de la música en el coche.

Conclusión: ha sido un fin de semana maravilloso, mágico, de los que no se olvidan. Me traje unas ganas increíbles de seguir viendo a muchas de las personas que conocí allí, de ponerles en contacto con otros amigos de aquí, de organizar encuentros, talleres y jams, y lo que haga falta. He intentado ser breve pero no he podido reducir a menos todo lo que allí sucedió, y eso que me dejo mil detalles. Espero no haberos aburrido con el relato…

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3 comentarios

  1. Hola Noe!

    Que buena la cronica!

    Copio el enlace para que lo vean desde el foro de Balanda, por cierto, e colgado fotos alli, pasate a echar un vistazo!!!!!!!!!

    http://groups.msn.com/BALANDA

    Besos

    -MeRe-


  2. Anda que no largas… suerte que escribes bien y no se hace pesao, jejej…
    Pues a mi me llamaron la atención dos cosas, y que me hacían gracia, claro, de este mi primer encuentro con otros didgers:

    1.- Que cuando veían aparecer a alguien con un didgeridoo, como era mi caso, no decían “hola” que ya estaban alargando el brazo para que se lo dejaras probar.

    2.- Se retaban unos a otros a adivinar la nota tan solo con el aspecto.

    jejeje…

    bueno, saludos!


  3. Hola Noe! No te conozco en persona, pero soy muy amigo de Alfonso, y perdi los datos de contacto con el. Si fueras tan amable y decirle que me encantaría verle te lo agradecería. No se por donde buscarlo! Gracias!



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